¿Marcianos o Hijos? - Newfield Colombia
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¿Marcianos o Hijos?

21/04/17

MAURICIO ANDRÉS FABRY OTTE
Tiene 45 años. Es médico veterinario, titulado en la Universidad de Concepción y coach ontológico formado en la escuela Newfield Network. Tiene estudios en liderazgo estratégico y comunicación estratégica. Actualmente es el Director del Parque Metropolitano de Santiago, Servicio Público que cuida y administra 19 parques urbanos en la región metropolitana además del parque urbano más grande de Latinoamérica ubicado en el cerro San Cristóbal. Es también presidente de la Corporación Jardín Botánico Chagual y presidente de ALMA SUR, una comunidad de coaches que representa a la alianza Pachamama en Chile, y que es parte de la Red Comunidad y Servicio de Newfield Network, y que sueñan con una presencia humana en el Planeta que sea ambientalmente sustentable, socialmente justa y espiritualmente plena.

Este 22 de Abril celebramos el Día Internacional de la Madre Tierra, fecha declarada por la ONU en el año 2009 y que conmemora al activista y senador Estadounidense Gaylord Nelson quien, junto a un grupo de estudiantes, promovió mediante conferencias y manifestaciones la creación de la Agencia de Protección Ambiental en ese país.
Pero la verdad, para mí este día internacional y este gran título que tiene no me dice mucho. Es una declaración acompañada de muy pocas acciones coherentes en nuestra historia moderna.

Hay otras dos fechas internacionales muy similares: el Día del Medio Ambiente y el Día de la Naturaleza, todas acordadas por este mismo organismo internacional. Si viajamos en el tiempo hacia ese día, en el que cada una de estas fechas fue acordada unánimemente, podríamos ver que lo que iluminaba el papel donde firmarían este acuerdo los representantes de cada nación no era el sol, sino una iluminaria artificial. Bajos sus pies no había tierra ni hierba, sino un lujoso piso brillante y tal vez alfombra sintética. Cada uno de los miembros respiraba aire finamente climatizado por un una máquina y la voz era amplificada por un sistema de audio, que a través de decenas de traducciones simultáneas llegaron a los oídos de los presentes por audífonos de plástico, cobre y coltán.

En efecto, más de la mitad de los Homo sapiens de este planeta vive urbanizado, en condiciones similares a los

miembros de la ONU e incluso a las que usan los astronautas cuando exploran la estación espacial internacional o el planeta marte. Ya no hay tanta diferencia. La mayoría de la gente vive en cajas sólidas de cuatro paredes donde muchas veces ni siquiera tienen vista a algún elemento natural, y pasan de ahí a otra caja con ruedas llamada tren subterráneo con el objetivo de pasar de ocho a diez horas en otra caja sólida enfocados en una pantalla grande, siempre acompañados de otra pequeña y portátil que suena cada cinco segundos como una imitación de contacto humano. Para luego por fin, cuando el horario laboral termina, hacer el recorrido inverso en dirección a sus departamentos, a fijar la vista en otra pantalla donde podrán mirar historias ficticias sobre vidas que a fin de cuentas ya no se parecen nada a las suyas. Puede parecer una exageración, pero realmente muchos de nosotros parecemos marcianos en la tierra, desvinculados de aquello que produce la vida.

Vivimos en general despreocupados de la intoxicación de la tierra, sin reparar donde va a terminar nuestra propia basura, produciendo carbono que acelera el cambio climático, y con una fiebre de consumo que tiene a muchas plantas y animales al borde de la extinción, sin contar el vacío que se produce en nuestro corazón y la falta de sentido. Porque por muchos días internacionales y títulos que tengamos, pareciera que la mayoría de nosotros tiene asuntos más urgentes e inmediatos que impiden que nuestro corazón se conecte con lo más sagrado, con lo primero. Con nuestro origen. Parecemos niños embobados por los fuegos de artificio. Sabemos que son eso, artificio, pero nos provoca placer inmediato y nos permite evadir nuestro desafío –y hoy en día, nuestra urgencia- más grande e importante: conservar la vida y a nosotros mismos.

¿No lo quiere creer? ¿Estaré exagerando? Acá algunas citas:

  • En los últimos 50 años se ha perdido un quinto de la tierra agrícola y un tercio de los bosques (Raven, 2002).
  • Para la próxima generación se habrá perdido entre la mitad a dos tercios de las especies que viven en el planeta (Soulé, 2004).
  • La población mundial de peces, aves, mamíferos, anfibios y reptiles cayó en un 52 % entre los años 1970 y 2010, más rápido de lo que cualquier persona podría haber predicho (WWF, 2014).

Y esos son solo tres de las cientos de afirmaciones que están frente a nuestras narices.  A la crisis social, la crisis de identidad y de felicidad debemos sumarle la crisis ambiental. Nos hemos puesto a nosotros mismos en el mayor desafío de la historia de nuestra especie. El desafío de la sobrevivencia, de mantener aquello que nos hace humanos, y no simples marcianos o máquinas conectadas al artificio.

¿Estamos dispuestos a declarar el quiebre, o el quiebre nos sobrevendrá? Y de estar dispuestos a declararlo,  ¿desde qué lugar enfrentaremos nuestra crisis? ¿Cómo haremos para cambiar nuestro observador común y explorar nuevas acciones?  ¿Seguiremos caminando la tierra como marcianos¿O bien podremos hacer el camino de vuelta y volver a declararnos hijos de la Tierra?

Este día, y cualquier otro, debiese recordarnos de lo que estamos hechos. Nuestro cuerpo no es otra cosa que tierra misma, somos naturaleza que cobra vida en nosotros y nuestro cuerpo necesita nutrirse a diario con esa fuente de vida. Nuestras emociones provienen de las milenarias interacciones en la evolución de los mamíferos;  nuestra necesidad de dar y demostrar afecto tiene cientos de miles de años con nosotros. Nuestros pensamientos no nos pertenecen, son en realidad de nuestros linajes, un lenguajeo que divagó en el tiempo para convertirse hoy en algunas palabras y mañana en otras, pero que en el fondo albergan una sabiduría ancestral. El conocimiento puede cambiar, pero la sabiduría no nos pertenece: le pertenecemos.

Podemos volver a ser Hijos de la Tierra, en la medida que reconozcamos nuestra vulnerabilidad, estemos dispuestos a soltar algunas certidumbres y volver a caminar.

Te prometo que no existe coach que escuche mejor tus penas y quiebres que un gran abuelo árbol. Nada te limpia más que el agua que a veces cae del cielo y moja la tierra y a ti mismo, que eres también tierra. Nadie te puede recordar quién realmente eres más que el canto de los pájaros que llega a algún rincón de tu alma.

Te invito en este día Internacional de la Madre Tierra y cada día de aquí en adelante, a caminar quieto y estable por la naturaleza, dejándote tocar por ella, permitiendo que el viento se lleve algunos pensamientos, dejando que el agua identifique tus emociones y tu cuerpo se fortalezca al entrar en contacto con la Madre Tierra, con la Pachamama. Te invito a conectarte con la gratitud del amanecer, la magia del ocaso y el misterio en las estrellas. Y más que nada, te invito a dejar el artificio, a no convertirte en un marciano que vive de pantalla en pantalla, de caja en caja. A volver a tus raíces, encender un fuego con otros hermanos y hermanas y dejar que la sabiduría llegue. Te invito a conectarte con eso antiguo y sagrado que vive en nosotros y alrededor de nosotros. Y antes de emprender cualquier acción te invito también a conectarte con la pena, la rabia, o cualquier emoción que traiga el mirar lo que le hacemos al planeta y a otros, a escuchar el mensaje que esa emoción te trae, no le tengas miedo, esa emoción viene de nuestro amor por la vida. Y así, tal vez, si volvemos a reconocernos hijos de la Tierra, también aprendamos a ser nuevamente hermanos, como lo fuimos hace ya tanto tiempo. Feliz Día.