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Historia de la Emocionalidad

12/10/16

Artículo Experto:

Historia de la Emocionalidad

Una mirada  neurocientífica, posibilidades y límites para el Arte del Coaching


Wilson Araya V.
Médico Cirujano de la Universidad de Humboldt – Berlín – Alemania, Licenciado en Historia del Instituto Superior de Kleinmachnow – Alemania. Mención en Pedagogía. Postgrado en Sociedad Médica Homeopática de Chile. Pionero de la Mirada Holística de la Medicina en Chile.
Investigador en el ámbito de la mente – cuerpo (las manifestaciones bioquímicas del alma). Investigador en el ámbito de la neurofisiología con los recursos de imagenología funcional SPECT y rTMS (repetitive Transcraneal Magnetic Stimulation).

La visibilidad en un bosque

en la bruma del amanecer

no depende sólo de lo ocular

y de su capacidad de ver.

Así también con la emocionalidad

y la emoción.

Dr. Araya 2015

Es un denominador común a todas las escuelas de coaching el considerar el tema de las emociones como una condición esencial para comprender la naturaleza de los quiebres que vivimos las personas y como una herramienta muy útil para el proceso de aprendizaje, tendiente a superarlos.

Siendo la emoción un objeto principal de nuestro trabajo cotidiano, tiende a quedar en la transparencia la relación que existe entre ellas y otras partes constituyentes de nuestro Ser. Por eso es que se hace necesario traer a nuestra conciencia preguntas como ¿qué es una emoción, cómo es parte del holón de la emocionalidad, cómo y cuándo aparecieron las emociones, cuál es el sentido de ser en la evolución de las especies, qué estructuras físicas son las responsables de este complejo y multifactorial fenómeno que llamamos emocionalidad, en qué medida son las responsables directas de nuestras decisiones y acciones?, etc.

La respuesta a estas interrogantes trasciende el mero interés en el ámbito de la explicación científica; soy un sujeto tanto de la ciencia como de la consciencia, opino que los conocimientos adquiridos mediante el método científico son cosa muerta si no nos sirven para saber más sobre el devenir que hemos hecho y seguimos haciendo como especie y si no nos sirven para  disminuir nuestros sufrimientos y aumentar nuestra sensación de existencia placentera; es decir, para mejorar nuestra calidad de vida. Al mismo tiempo el método empírico-analítico, tan propio de la ciencia, debe constituirse en una herramienta práctica que enriquezca el arte del coaching para servir mejor a las causas que nos mueven.

Este artículo habla de la historia filogenética de la emocionalidad. Será tarea de ustedes descubrir los holones que jerárquicamente incluyen al que está hoy en el centro de nuestra atención.

1.- Todo comienza con la sensitividad

Existen importantes investigaciones que demuestran que ya las plantas cuentan con sistemas y órganos sensitivos que hacen posible la facultad de percibir estímulos y de reaccionar físicamente frente a ellos[1]. En la medida que evolucionan  las especies vivas y se despliega la vida animal en el planeta, estos órganos se perfeccionan continuamente para dar cuenta de estímulos tanto internos como externos, a través de estructuras especializadas, los órganos de los sentidos. Cada vez es más evidente también la generación y expresión de reacciones del cuerpo físico (lo somático), que sirven ya para echar a andar mecanismos de adaptación a las condiciones cambiantes de la vida. Paralelamente al perfeccionamiento de los órganos receptores de los estímulos externos (luz, humedad, temperatura, espacio, etc.) se hace necesaria también la aparición de sistemas de comunicación interna, que den cuenta de los cambios en el entorno a la totalidad del Ser vivo. Este servicio de mensajería es posible que funcione gracias al despliegue de moléculas especializadas: los neurotransmisores y las hormonas.

Con lo expresado tan sucintamente deberíamos intuir que la emocionalidad no puede ser entendida sin considerar de qué forma la parte más básica, lo sensorial, está dando cuenta de los cambios constantes en el medio interno como externo.

Por ejemplo en el ámbito humoral: la disposición emocional de una mujer en edad reproductiva cambia con la regularidad de las fases hormonales del ciclo menstrual.  Los quiebres que vive un hombre en edad andropausica tienen una connotación diferente a los mismos que la persona pudo vivir en la madurez  temprana.  Algo similar sucede con algunos quiebres que son percibidos de manera significativamente diferente en consideración de los ciclos anuales; es conocido que durante la primavera tienen lugar más suicidios y que el acortamiento de los días, con la consiguiente falta de luz en el invierno generan más depresiones.

De manera análoga se viven los ciclos en muchos ámbitos de la economía. Me refiero a las empresas productoras de helados y hielo, a las exportadoras de frutas de estación, etc. La disminución de la intensidad de ciertos estímulos internos y externos comprometen necesariamente “el movimiento” de la empresa.

Sería interesante seguir investigando la incidencia de los ciclos circadianos, mensuales, anuales, de los septenios, etc, no solamente en la salud de los individuos, sino también en las organizaciones, empresas, etc. De todo esto se desprenden tareas tanto para el coach como para el coachee, el de autoobservarse en el contexto de la mensajería intra y transcorpórea, que está en la base de cómo cada cual está “sensoriando” sus mundos internos y externos, los que se encuentran en ciclos en permanente movimiento.

Entreacto de la historia filogenética

El reptiliano del cerebro triuno: el primer paso de lo sensorial a la disposición para la acción.

Lo que ha sucedido en el soma (en el “cuerpo periférico”) con el desarrollo filogenético en el ámbito de lo sensorial se expresa también nítidamente en el ámbito del sistema nervioso de los mamíferos, y por lo tanto en los seres humanos.

El cerebro reptil o tronco encefálico, a través de fibras sensoriales de pequeño diámetro, recibe tanto señales externas en forma de frecuencias de onda que son convertidas en interoceptivas (percibidas como si fuesen del mundo interno) como también en señales humorales (señales bioquímicas – moleculares que son más lentas y transportadas por la sangre). Desde un punto fisiológico el cerebro reptiliano es el encargado de responder por nuestra supervivencia. Él es el responsable de la regulación de las funciones automáticas o neurovegetativas, que constituyen las primeras, ancestrales y esenciales formas de responder adaptativamente a los estímulos sensoriales de un mundo cambiante. Entre otras, me refiero a la respiración, regulación del ritmo cardíaco y aspectos primarios de la localización del sonido. Acá se ubican centros del dolor, pero también funciones de limpieza y desintoxicación como la tos, el estornudo, el vómito, etc. El cerebro reptiliano está a cargo de uno de los más importantes circuitos para la vida humana; el del ciclo circadiano. La mayoría de los quiebres importantes que declaramos no juegan precisamente un rol mejorador de la calidad del sueño; más bien son muy importantes para el negocio de los consorcios que producen ansiolíticos o inductores del sueño. Otro aspecto: sin un sano tronco encefálico seríamos cada vez menos capaces de vivir en esta sociedad moderna, pues el reptiliano contiene el llamado sistema reticular ascendente, una especie de filtro que atrapa toda información que no sea relevante, impidiendo que sea elaborada en los centros superiores del cerebro límbico y de la corteza cerebral. Esta información priorizada es la que nos permite sostener la atención y concentrarnos en lo esencial, impidiendo desviar y diluir nuestro quehacer; es la que “nos permite permanecer en el tronco y no irnos por las ramas”. De esta forma, lo que los coaches escuchamos como “quiebres” constituyen el producto de un sofisticado prefiltrado,  una fina selección pasada por un cernidor de fina malla. De allí precisamente podría venir el concepto discernimiento; sin cerebro reptil no hay discernimiento y sin éste no hay quiebre[2].

Fin del intermezzo.

2.- La historia continúa con lo emocional.

Pasaron algunos cientos de millones de años desde la aparición de la vida en el planeta tierra hasta la invención naturodivina de los mamíferos.

Al alcanzar este estadio nos llama la atención el crecimiento enorme de una estructura que se superpone al cerebro reptiliano. Con esto estoy diciendo que el llamado “cerebro mamífero inferior” no aparece recién con el florecimiento de las especies mamíferas, de hecho, también los reptiles cuentan con un tal “límbico”, bastante menos desarrollado, pero  también en condiciones de cumplir primitivamente funciones emocionales[3].

Los seres humanos somos mamíferos, aun cuando la creciente “culturización” nos haga cada vez más difícil “mamiferear”[4]. Con el Ser Humano estamos hablando del cerebro límbico maduro, en la plenitud de sus funciones, estamos tratando con este durante miles de años probado asiento de las emociones.  Pero ¿qué es una emoción? ¿cuándo podemos decir que estamos frente a una emoción básica (si existiesen unas tales), es posible diferenciarlas de los instintos y de los sentimientos?

Con la definición de la emoción sucede que todos sabemos de qué estamos hablando, más, cuando queremos explicarlo, se nos dificulta enormemente el expresarlo de manera que le haga sentido esa definición a todo el mundo. En psicología existen decenas de definiciones, todas coherentes en sí mismas, pero a veces muy difíciles de conciliar entre ellas.

Desde un punto de vista neurocientífico nuevamente tenemos que recurrir al método empírico – analítico e intentar objetivar lo que a continuación plantearemos como hipótesis de trabajo.

La emoción es la facultad de algunos seres vivos, especialmente mamíferos, de responder, en forma adaptativa, a un estímulo interno o externo. La finalidad básica es la de relacionarse socialmente. También existen aportes importantes desde la psicología científica que definen multidimensionalmente lo que es una emoción, considerando tres sistemas de respuesta: cognitivo/subjetivo; conductual/expresivo y fisiológico/adaptativo.[5]

La definición de estos tres sistemas nos induce, nuevamente, a pensar en la relación filogenética del límbico con el cerebro reptil y con el neocortex. Sin embargo se trata no solamente de entender la colaboración de estas tres estructuras ni de comprobar la coherencia entre estos tres dominios. Las neurociencias, con su amplitud de procedimientos y variedad de métodos de exploración nos permite, además, mostrar el porqué de la necesidad filogenética de que ello suceda y cuáles son los mecanismos que hacen posible la influencia coactiva de una estructura y su correspondiente fenómeno sobre los otros.

El concepto emoción, “es una distinción que hacemos en el lenguaje para referirnos al cambio en nuestro espacio de posibilidades a raíz de determinados acontecimientos (sucesos, eventos o acciones)”[6].

Cuando hablamos de conceptos, sin embargo, nos hemos ya alejado del cerebro límbico, el generador de las emocio­nes mismas; nos encontramos en la corteza cerebral (el neocortex), que interpreta, significa y resignifica  tanto lo sensorial como el movimiento adaptativo que generó el sistema de comunicación bioquímico y bioeléctrico precedente.

Sin embargo, cuando vemos la corporalidad, por ejemplo de un gato enojado, nada podemos decir sobre lo que el animal pueda sentir, nada podemos decir sobre la experiencia misma de la emoción felina. La experiencia de la emoción no es observable directamente, para ello podemos servirnos de otro recurso filogenético: existe una estructura cerebral llamada ínsula, que es la encargada de manifestar corporalmente las  emociones.[7] El pelo erizado, las orejas dirigidas hacia atrás, un particular ruido, las pupilas fijas en un punto, etc., nos hablarán de una emoción muy definida en el animal. La corporalidad es un lenguaje sincero, que habla sin tapujos de la emoción de los animales, no solamente de los mamíferos.  Esto mismo vale para los mamíferos – humanos; el trabajo corporal del coach es capaz de generar coherencia en los tres dominios manifiestos en el cerebro triuno.

3.- Lo racional: La historia es una interpretación de lo sucedido

Hace apenas unos siete – ocho millones de años aparecen los homínidos, ellos aprenden la bipedestación, con ello la cabeza toma su particular forma, los ojos miran hacia adelante, el cuello permite que los ojos “vean lo que tenemos por delante”, es decir, ver un futuro de posibilidades; el giro de la cabeza también permite ver lo que ya sucedió, es decir el pasado. La posición erguida hace posible reconocer con anterioridad las posibles amenazas y prepararse para enfrentarlas. La capacidad de oposición del dedo pulgar es coherente con la capacidad del neocortex de desarrollar estrategias para la caza, esta mano ahora hace posible también el manejo de las herramientas de la incipiente agricultura, etc. Hoy sabemos que, en los niños, el darse cuenta de la existencia de sus manos y la habilidad en el manejo de los dedos es fundamental para el conteo y luego para el desarrollo de sus habilidades matemáticas. La evolución del cerebro es coherente, como ya lo hemos dicho, con el desarrollo del cuerpo físico y de las estructuras límbicas, encargadas de la emoción.

La presencia de un neocortex cada vez más sofisticado acelera el proceso de humanización y este acontecimiento actúa también como un potente acelerador de la especialización de áreas cerebrales que interactúan en forma adaptativa.[8]  Es simplemente maravilloso observar el enorme potencial que abre para la especie humana lo que llamamos neuroplasticidad. Parece increíble que en un período de tiempo de apenas unos 100 mil años, desde la acomodación de la laringe hasta ahora, más de la mitad de la corteza cerebral esté destinada a la comunicación mediante el lenguaje. Pero si lo anterior nos maravilla, nos deslumbra el observar que después de apenas 4 mil años que apareció la escritura, ya el cerebro haya desarrollado sub áreas dedicadas a las letras y a los números.

En el contexto de nuestro centro conversacional, es decir en el ámbito de la emocionalidad, la corteza cerebral humana nos permite darnos cuenta del tipo e intensidad de los estímulos recogidos sensorialmente, así como de las emociones que los primeros producen. Lo más importante, sin embargo, es la cualidad de la novísima estructura en cuanto a interpretar la emoción, “hacer juicios” sobre ella, modificarla, adaptarla para generar placer o evitar el displacer mediante el urdido de tácticas y estrategias.

La corteza cerebral está formada por áreas de diversa complejidad; no todo el neocortex cuenta con habilidades cognitivas – ejecutivas. Esto es fácilmente comprobable cuando se pone un trozo de tejido cortical bajo el microscopio. Las áreas de mayor complejidad (áreas multimodales) cuentan con más capas de tipos diferentes de neuronas. Las capas superiores elaboran consecutivamente la información proveniente de las inferiores.

La mayoría de las medidas que habitualmente definiríamos como conscientes, sin embargo representan solamente la manifestación última de decisiones que décimas de segundos antes ya fueron tomadas “inconscientemente”. Sin embargo debemos cuidarnos de concluir  que las decisiones humanas inconscientes vienen ya elaboradas desde el límbico o desde el tronco encefálico. Lo dicho anteriormente dice simplemente de la existencia de un inconsciente dentro de lo consciente.

En el Ser humano la estructura que permite o no una acción consciente no es el límbico, sino la corteza cerebral. En la estética de la estructura y funcionalidad cerebral, a la que tengo acceso diariamente cada vez que interpreto el examen cerebral funcional SPECT, me maravilla el área miltimodal AB8[9]. Siendo una de las tres áreas motoras, esta define el sentido y el propósito de la acción acometida. Esta función trasciende por lejos solamente el tomar una cuchara con el fin de ingerir alimentos, por ejemplo. El AB8 tiene que ver con el sentido y el propósito del quehacer en la vida, lo cual es coherente con el hecho que los pacientes suicidales muestran una severa hipoperfusión (bajo flujo sangüineo y baja funcionalidad) en esta área. La combinación de estimulación magnética transcraneal y de sesiones de coaching son capaces de generar la recuperación de esta área, permitiendo que la persona enferma sea capaz de ver posibilidades que antes no estaban disponibles en su conciencia, volver a llenar el espacio vacío de sentido y propósito vital. En estos casos, obviamente dirigimos la bobina al cerebro límbico, que siempre  presenta trastornos del metabolismo, sin embargo también debemos actuar sobre el centro jerárquico superior, el mismo AB8, que ahora constituye el holón principal del sentimiento.

En relación directa con lo anterior es que algunos autores, a los que adscribo, hacen la distinción entre emociones y sentimientos. Ambas, basadas en lo sensorial, constituyen la emocionalidad.  La emoción proviene del cerebro mamífero inferior. Un sentimiento proviene de una emoción, pero al ser elaborada por la corteza cerebral dejó de serlo. El intento de entender la emoción la niega dialécticamente, al abstraerla, analizarla, al lenguajear la emoción, se separa de la vivencia misma, deja de ser el fenómeno en sí, para convertirse en una pseudo emoción, que por razones retóricas llamaremos sentimiento.

El cerebro triuno es una estructura retroalimentable, coherente en sí. Ello hace posible que a partir del trabajo con los sentimientos sea también posible un cambio en las emociones y mediante un trabajo del manejo emocional sea posible también el reemplazo de reflejos ancestrales por reflejos condicionados. Diversas terapias hacen uso precisamente de este recurso multidireccional del cerebro como una unidad.[10]

Todo lo anterior hace sospechar, desde el punto de vista de nuestro quehacer como coaches, que podría resultar más conveniente e integrador  la conversación con el trabajo corporal que la reprogramación directa de la emoción. De hecho el trabajo que realiza Julio Olalla y otros maestros en el despliegue de sus habilidades, es  acompañar al coachee en el cambio de la interpretación que este hace del desafío biológico o del quiebre, en vez de intentar cambiar la emoción misma.

Debido a la retroalimentación coherente sobre la cual ya hemos hablado, de todos modos cambiará “la emoción límbica” y la “sentitividad corporal reptiliana” que da cuenta de la emoción y de los estados emocionales, así como de las señales, que en forma codificada, se manifiestan en forma de quiebres, síntomas o enfermedades.

Estoy convencido que el coach ontológico, así como lo estamos practicando, se despliega en el sentido más correcto. También siento que todo es mejorable, hasta la perfección es perfectible. Tomar conocimiento de las bases neurocientíficas de lo que hacemos puede ser precisamente un aporte en este sentido.

[1] Tomkins, Bird: La vida secreta de las plantas.

[2] Transparencias Nr. 11-16 para detalles anatomo-fisiológicos de la señalética sensorial.

[3] La transparencia Nr. 5 de la correspondiente conferencia da cuenta, precisamente, de la clasificación funcional y filogenética del cerebro triuno.

[4] Por mamiferear entiendo la belleza de amamantar, tocarse, acariciarse, jugar, permanecer en la manada, de amarse naturalmente, entre otras cosas mamíferas.

[5] Mariano Chóliz Montañés, Psicología emocional, el proceso emocional.

[6] Echeverría, Ontología del Lenguaje.

[7] El tema se trata en extenso en la Conferencia “Insula – Emoción y Corporalidad/ coaching desde la Islita”.

[8] Véase Mapa cerebral, áreas de Brodmann, Diapo Nr. 2 de la Conferencia homónima.

[9] Área 8 según Brodmann.

[10] La programación neurolingüística (PNL), el biofeedback y muchos otros procedimientos terapéuticos hacen uso de estos mecanismos.