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La Mochila

12/10/16

La mochila: ¿Cuánto podemos realmente desprendernos de lo que nos ocurre?


Alis Gomez.
Española afincada en Chile desde el año 2004. Madre de tres hijas. Periodista por la Universidad Complutense de Madrid. Locutora de radio y TV por la Escuela de Locutores de Chile. Coach Ontológico certificada por Newfield Network. Curso de coaching avanzado Cuerpo y Movimiento. Talleres de teatro.
Redactora y jefa de sección en el diario “El Ideal Gallego” de A Coruña (España) durante 14 años. Actualmente forma parte del equipo de Coaches ayudantes del Programa El Arte del Coaching Profesional -ACP 2016- de Newfield Network y cursa Liderazgo Estratégico en la Universidad Adolfo Ibáñez.

Un coche pequeño chocó frontalmente con un camión de gran tonelaje. En el viajaba una familia. Varios menores tuvieron que ser trasladados de urgencia al hospital más cercano. La imagen mostraba un auto rojo. Su color era casi la única característica reconocible después de la colisión.

Quien cuenta el accidente en el noticiero de la noche es un bombero, sin duda con años de experiencia. Su nombre es Francisco Díaz. Es un hombre de pelo blanco que ya no volverá a cumplir los 50. Imagino que habrá sido testigo del dolor de muchas personas en su labor de rescatista. Narra lo sucedido con aparente distancia, pero su cuerpo tiembla, al igual que su voz, cuyo timbre es cálido. El llanto pareciera al acecho.

Me pregunto qué está sintiendo él, qué piensa ese hombre que enfrenta y acompaña el dolor ajeno tan a menudo. Cuáles son sus dolores. ¿Cómo vive su dolor? ¿Creerá que ya no le duele? ¿Y cómo tiñe su dolor el modo en que se vive la vida? ¿De qué color lo pinta?

Sus compañeros más antiguos aún recuerdan cómo cambió Francisco cuando nació su hijo. Empezó a sufrir viendo niños cadáveres entre amasijos de hierro. Viendo huérfanos también. Ya no podía sostener la entereza que le permitía realizar su trabajo en sus primeros años de ejercicio. Siendo ya padre, se conectó con una vulnerabilidad que antes le era totalmente ajena. Y esta le permitió desarrollar una empatía con las víctimas que era reconocida por todos sus compañeros. Según dicen, la ternura y la contención que entregaba a los accidentados, sumados a su destreza y conocimientos lo convirtieron en uno de los mejores bomberos del cuartel.

Años más tarde, algo ocurrió que generó un cambio aún mayor en la actitud de Francisco. Un fin de semana, como ya venía siendo habitual, hubo que acudir de madrugada a un accidente de tráfico. Era grave. Había víctimas mortales. Y Francisco conocía a una de ellas, demasiado bien: era su hijo adolescente.

No pudo seguir esa noche, no pudo seguir por mucho tiempo. Algunos pensaron que jamás volvería a la Bomba. Lo hizo después de un par de años, una depresión y un tratamiento psiquiátrico. Sus compañeros notaron el cambio: le costaba acompañar a las víctimas sin quebrarse, su pulso ya no era tan firme como antaño, e incluso sus acciones en rescate eran más inseguras.

Tras conocer su historia, de nuevo me pregunté qué está sintiendo él, qué piensa ese hombre que enfrenta y acompaña el dolor ajeno tan a menudo. Cuáles son sus dolores. ¿Cómo vive su dolor? ¿Creerá que ya no le duele? ¿Y cómo tiñe su dolor el modo en que se vive la vida? ¿De qué color lo pinta?

Cuando sus compañeros y sus superiores le preguntan cómo está para enfrentar el turno, siempre responde lo mismo: “Estoy bien, disponible. Como todos, tengo problemas, preocupaciones, pero ya sabéis que es una mochila que me saco cuando vengo a trabajar. Tranquilos, que no me afecta”.

¿Cuánto podemos realmente desprendernos de lo que nos ocurre? Quizá distraiga su mente mientras trabaja, quizás no habla de su familia, de su hijo que ya no está, de sus preocupaciones. Quizás incluso logre apartarlos de su mente y no dedicarles ni un solo pensamiento mientras está dedicado a su labor como bombero. Pero, ¿y sus emociones?

Lo recuerdo dando los datos del accidente en el noticiero de la noche. Su voz temblorosa, su cuerpo inquieto, el llanto a punto de asomar… ¿No está su cuerpo, su actitud, diciendo que realmente no puede soltar la mochila? ¿No está su cuerpo, acaso, desmintiendo la aparente distancia con que relata los hechos? ¿Qué siente? ¿Qué es posible para él dado lo que siente? ¿Cómo tiñen sus emociones el modo en que se vive la vida? ¿De qué color la pinta?

Y recuerdo también cuántas veces he escuchado el mismo argumento de Francisco. “Lo que me pasa lo dejo en casa, me saco la mochila cuando llego aquí (el trabajo, la clase, la reunión de amigos…)”. Como si las emociones fueran de quita y pon en función de si son oportunas o no, como si no nos acompañaran siempre influyendo en nuestra comprensión de lo que nos ocurre y condicionando nuestro modo de actuar, esperando a ser escuchadas. Siempre presentes, incluso cuando no las vemos.