LAS SOMBRAS DE MI ENTUSIASMO - Newfield Global
Novedades

LAS SOMBRAS DE MI ENTUSIASMO

14/11/19

José Varela, alumno egresado ACP Avanzado 2019

“Su ingenuo entusiasmo por el nuevo destino, les tapaba los ojos”

“Nada más que eso: querer algo hasta olvidar todo lo demás. Seguir adelante, olvidándose de sí mismos”.

Augusto Roa Bastos[i]

Hijo de Hombre

Avanza, corre, muévete, mira adelante nunca a los lados, vuela, súbete al tren, cambia el destino, enfoca para allá, apúrate, mira esta idea, idealízala, obsesiónate con ella, quédate a vivir en tu mundo de ficción, sigue enamorado de Justine[ii], olvídate del resto, concéntrate en el objeto de tu pasión, fascínate con el concepto, deja que el resto de tu mundo se vuelva borroso, quédate en tu parcela, no salgas, no dejes que nadie entre…

Mi vida siempre ha sido un campo gigantesco de posibilidades que recorro con entusiasmo, siempre persiguiendo la respuesta a la pregunta “¿qué quieres hacer ahora?” y lanzándome en pos de los múltiples objetos de mi deseo.

El estar conectado con mi deseo, con las cosas que me entusiasman (que son y han sido muchas) me ha hecho sentir bien conmigo mismo. He sentido a lo largo de mi vida que, mientras otras personas se movían desde la obligación, desde el deber ser, yo… bueno, yo hacía un poco lo que me daba la gana, impulsado por un entusiasmo que me llevó a vivir muchas aventuras, a sumergirme en varias relaciones de pareja, a moverme por el mundo, a vivir en cinco países, a embarcarme en proyectos de escritura… Haciendo y deshaciendo mi vida cada vez, motivado por el solo placer que me producía hacer lo que deseaba.

En verdad hay muchas cosas por las que debo darle gracias a mi entusiasmo. Me ha permitido creer en mis decisiones, en arriesgarme a ir adonde me daba miedo ir, me ha abierto a nuevas experiencias, llegar adonde nunca soñé que llegaría, y, sobre todo, me ha dado un sentido de vida y… una vida divertidísima, todo hay que decirlo.

Me gustó saber que la palabra entusiasmo viene del sustantivo griego enthousiasmós, formado sobre la proposición en y el sustantivo theos, es decir “que lleva un dios adentro”. Eso explica bien por qué el entusiasmo tiene tan buena prensa. Parece un estado de ánimo tan cool, tan positivo, tan como que lo permite todo… Pareciera que todas son virtudes y por eso debemos hacerlo crecer, transmitirlo, contagiarlo, esparcirlo, que genere transformación, que sea inspirador…

Solo que en los últimos dos años empecé a ver en mis procesos de coaching que al lado de ese dios que hay en mí, también hay un diablo: mi entusiasmo ha tenido unas sombras que, al reconocerlas, me han mostrado el dolor que este entusiasmo ha ido generando entre quienes me han acompañado en mi camino. Sombras que para mí han sido difíciles de ver, pues una característica de mi entusiasta ha sido enfocar un objetivo y perder de vista el resto.

Como dice Rodrigo Pacheco, el entusiasmo “es una fuerza impulsora, que se activa en relación a un cierto contexto y tiene el poder de jalarnos hacia él”.  Es, dicho de otra manera, como aquellos cantos de sirena que querían seducir a Ulises.

“En el cuerpo, al ponernos en contacto con ese foco relacional, aparece un instinto que está constituido por una tensión de base entre T3 y T2 y una combinación de resolución y flexibilidad. Esto se traduce en un impulso a saltar y sumergirse sin resguardo o cautela. Generalmente, el entusiasmo se acompaña de emociones como el deseo de celebrar las oportunidades y la vida, junto con la confianza, el optimismo, la pasión, la curiosidad, algo de ingenuidad y cierta presencia de ansiedad. Me da la idea que se activara nuestro ser niño o niña. Y con respecto al lenguaje y lo interpretativo, se fundamente en el juicio de que ‘todo es posible’ y abundan frases como: ‘vamos, todo estará bien, después vemos los detalles, avancemos.’”

Al sacar mis sombras de su transparencia, me doy cuenta del estropicio causado en mi mundo relacional. De hecho, mi sensación es que es gracias a ese entusiasmo que me convertí en un amante de la soledad. Ningún reproche con esto. Solo que mi frase de combate fue “en el fondo prefiero estar solo”, y desde esa declaración estuvieron marcadas mis relaciones.

Acá va mi primera sombra:

1. El descuido de los otros/Parado junto a la puerta de emergencia

En particular, a partir de la universidad, empecé a escuchar las voces de mi entusiasmo, y hubo un dominio, el de la pareja, donde éste marcó un patrón de relación que se repitió una y otra vez: el descompromiso.

Dos de mis parejas me hicieron ver cómo yo parecía siempre estar parado al lado de la puerta de emergencia, listo para salir corriendo. En mi caso esto no era ni siquiera metafórico. Viví gran parte de mi adultez cambiando de país, y como los lazos relacionales no eran muy fuertes, el final de una etapa coincidía con darle fin también a cualquier relación que mantuviera en ese momento: a todos mis destinos llegué solo y así mismo me fui.

Mi foco estaba puesto en el trabajo. Y el trabajo para mí era ser periodista y después meterme en escribir ficción. Esto me permitió viajar un montón.

Si me metía a escribir eso significaba que desplazaba todo el resto de actividades. No me gustaba salir o ir a reuniones, las que consideraba básicamente una pérdida de tiempo. Recuerdo algo que me dijo una pareja: “Yo no estoy en pareja para estar sola”.

El canal del entusiasmo transitaba por la escritura de guiones, de una novela, de una obra de teatro. Y cada vez que aparecía una idea, me quedaba días viendo cómo avanzarla, qué posibilidades había. Durante meses podía tener en la cabeza la idea de unas mujeres que usaban una peluquería de barrio para hacer apuestas clandestinas de fútbol y se hacían ricas sin contarles a sus hombres. Y una vez que las enriquecía en la ficción tenía que ver cómo empobrecerlas.

Pensaba mucho en esto. Me quedaba semanas buscando soluciones creativas, asociando a personas a quienes pudiera interesarles el proyecto. Con amargura lo digo… les he dedicado más tiempo a mis personajes de ficción que a mis parejas.  Visto el tema de la molécula de la acción, siento que en esas relaciones, y en muchas otras antes y después, me apareció de manera dramática el personaje del zafado. Yo estaba y no estaba. Eludía cualquier conversación sobre el futuro. Por ejemplo, ninguna relación duró lo suficiente como para saber si ellas querrían tener hijos. Yo, claramente, no…

¿Por qué ese entusiasmo que estaba tan a la mano para otras cosas, no estaba disponible para las relaciones de pareja? Lo que vi en algún momento era que relacionaba fuertemente los conceptos de compromiso y falta de libertad.

Mi entusiasmo avanzó siempre por un túnel en la que no cabía nadie más, y lo recorría a una velocidad difícil para otros de seguirme.

“En sus sombras encontramos que la fuerza resolutiva, que busca lo que nos entusiasma escucha muy poco, está tan ensimismado que hay poco lugar para sensibilizarse por los que les pasa a los otros; relaciones un tanto utilitarias, las personas nos sirven mientras aporten o estén al servicio de lo que nos interesa; desde ese mismo lado se puede caer en manipulaciones; al existir solo lo que nos entusiasma, se descuidan las relaciones y vínculos que se han construido en base a otros motivos; la tensión T2 o T3, hace que la atención sea frágil, es decir hay dispersión y es fácil entusiasmarse con otros focos relacionales; finalmente es muy descuidada con nosotros mismos y con los efectos de nuestras acciones, la presencia del arrojo y la ingenuidad, no da tiempo para las precauciones o mirar con rigor las consecuencias de nuestros actos”, Roco dixit.

2. Muchas posibilidades, poca conversa de acción/Todo queda en el papel

Ya que sacrificaste las relaciones por las historias, más vale que valga la pena, me decía a mí mismo. Se producía el chispazo, esa idea era sugerente, podía ver las mil y una posibilidades detrás. Y después había otra historia. Y otra. Donde había potencial, avanzaba un poco más, a veces me quedaba en el solo diseño de personajes. Y acá había una sombra más…

Generalmente muchas de mis historias no han llegado a concretarse. Las que sí (dos películas y una adaptación) tienen que ver con que otros movieron las historias. Y esto me llevó mucho a la reflexión de cómo el entusiasmo ensimismado puede ser un estado de ánimo muy solitario y hasta frustrante.

Siento que a mi entusiasmo le han faltado conversaciones para la acción, concretar, terminar un proyecto antes de subirme a otro. Pero es que la característica de mi entusiasmo es justamente, su volatilidad. Hoy me entusiasma esto, mañana lo otro. Me siento completamente flamable. Cualquier idea me incendia. Y aunque he contagiado con mi entusiasmo a otros, nunca me he engañado, siento que sería una estupidez pretender que ellos se sientan tan entusiasmados como yo en proyectos que nacieron de mí. Creo en la motivación de equipo pero nunca he sentido el entusiasmo como una emoción colectiva. De hecho nunca sentí que nadie tuviera un entusiasmo que estuviera a la altura del mío. Lo cual era obvio, se trataba de mis proyectos.

 De manera que todo va languideciendo, a la espera de que salte a la palestra la última idea. He llegado a concretar escritos, me ha ido bien con ellos, pero siempre había la parte de comercializar, de vender, que me aprieta el estómago.

Generalmente los proyectos se quedan a medias. Tengo en mi carpeta un montón de ideas a medio cocinar esperando un día ver la luz del día. Otras ideas han funcionado, y cuando las termino, no me permito la celebración. Sin habitar la satisfacción, me lanzo a un nuevo proyecto.

3. Mis pedidos, mis ofertas / ¡Sí, acepto!

Mi entusiasmo también me ha generado problemas serios cuando me he metido en proyectos liderados por otros. Hay muchas cosas que me interesa hacer, varias propuestas que recibo, la mayoría de las cuales acepto. “¿Tienes problema para decir que No?”, me preguntó alguna vez una coach. “No, pero tengo problema para decirme que No a mí mismo”, fue mi respuesta.

Me doy cuenta de que cuando me hacen un pedido que me entusiasma, este entusiasmo me hace pasar por encima de la etapa de negociación, llevándome a un Sí prematuro. Mi entusiasmo tiene como característica olvidar que existe algo llamado “condiciones de satisfacción”.

Esto me ha llevado en algunos casos a volver para atrás, negociando en ocasiones con condiciones que van en contra mía. Me doy cuenta ahora que nunca que me han ofrecido un trabajo he preguntado por el salario, por ejemplo. Está claro, eso siempre me mostró que no hacía las cosas por dinero. Pero también ha tenido su costo en términos de haber podido ganar un poco más. Digo…

De cualquier modo, cuando aprendí el año pasado el cuadro de la Coordinación de Acciones (que sigue frente a mí pegado en la pared) me di cuenta de esa sombra de mi entusiasmo: acepto el pedido sin tener claras las condiciones de satisfacción.

Lo que aprendí en ese punto fue la necesidad del centro emocional, pausar… Y esto me lleva a una reflexión más, que apareció en este Avanzado.

4. El enemigo del habitar

El énfasis que se hace en el Avanzado del habitar me ha mostrado algo que me había sido transparente por años: mi ritmo. Es cierto que hace diez años andaba siempre a velocidad de crucero, y que aprendí a navegar en otros ritmos, pero entiendo que mi antigua coherencia me atrapa, tal vez más veces de lo que me gustaría reconocer, y sé que debo mirar esto en mi coaching.

Aun si fuera mi único aprendizaje en el Avanzado, lo que me ha mostrado este programa es que mi entusiasmo atenta directamente contra la profundidad de mi habitar. He vivido muchos años saltando de una cosa a otra, y ahora entiendo la necesidad de quedarme, de acompañar desde un lugar todavía más “habitado”, donde no haya prisas por salir, donde yo acepte el ritmo y la elección del otro. Y no es que no lo estuviera haciendo. Pero creo que esa idea debo llevarla hasta más allá de donde la he visto hasta ahora. Generar más poder desde un habitar, desde un permanecer, desde poner foco en algo y llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Me hace sentido otra frase de Roco: “el entusiasmo es extrovertido, la atención está más afuera que en nuestro mundo interior. Por lo general los entusiastas comparten el quiebre de la falta de profundidad en su vivir y en sus relaciones”.

5. El exceso como estilo de vida

Siento que mi entusiasmo ha sido excesivo, pantagruélico, dionisiaco, glotón, descomunal, insaciable… Y me encanta que sea así… de amores profundos por lo que me gusta y desprecios sin fondo por todo aquello que no me gusta. La cultura del exceso me ha llevado a ver el mundo en superlativos, a ser exigente, a no poner freno al placer y a tratar de no mirar todo aquello que realmente no aporte a mi entusiasmo. Y como hay cosas que no puedo evitar, sufro más allá de lo que puedo considerar razonable con asuntos como, por ejemplo, lo administrativo (impuestos, esas cosas), entonces aplazo y luego tengo que gastar más tiempo por no haber hecho a tiempo lo que tenía que hacer.

Pero donde siento que el exceso me ha pasado una factura más grande es en el tema del cuidado de mi cuerpo. El vivir en el exceso ha sido una norma para mí. Suerte que nunca me entusiasmé por el alcohol o las drogas pero sí con la comida, por ejemplo. O con el trabajo sin límites, con poco descanso.

Ahora que sé que debo cuidarme, hay un personaje mío que se resiste… mi diablillo del entusiasmo… que ve cualquier intento de dieta, alimentación balanceada o de detenerse, como una traición a ese entusiasmo y como síntoma de debilidad.

Y acá me aparece la pregunta, que realmente recoge todas las sombras que he ido mostrando a lo largo de este paper. Si la pregunta que me he hecho a lo largo de mi vida es ¿Qué es lo que quiero hacer?, sé que ahora tengo que empezar a preguntarme qué es lo que quiero cuidar.

He ahí una decisión para mí. No quiero sentir que abandono un entusiasmo que ha traído muchas, muchas luces para mí. Pero quiero acompañarlo, porque me doy cuenta que el solo entusiasmo se consume solito, dejando solamente humo y en algunos casos desolación a su paso.

Termino con Roco: “El gran desafío de aprendizaje es el sostenerse habitando lo que nos pasa entusiasmados. Tomar conciencia de lo que se siente con lo que nos genera entusiasmo, habitar para mirar en detalle los elementos que están presentes en nosotros mismos, escuchar cómo se activa el patrón a saltar a devorarse todo, aceptar que es un patrón aprendido, analizar las posibles consecuencias de dejarse llevar por el entusiasmo en nosotros y otros y comenzar a elegir nuevas maneras igual de celebradoras y con más lucidez”.

Mi compromiso acá es no arrancar con un entusiasmo ingenuo, que es parte de ese automático que tengo instalado. Quiero seguir cultivando la pasión y el entusiasmo, ahora desde un lugar distinto, desde la consciencia, desde el elegir con centro, preguntándome qué necesito cuidar o qué estaré descuidando con mis decisiones entusiastas.

Eso significa también ponerle pies a mi entusiasmo. Eso de empezar sin saber adónde llegar es maravilloso en la creación, donde me puedo dejar ir y que la historia me vaya llevando. Pero la vida real tiene mundos que cuidar, y mi entusiasmo tiene que entenderlo…


[i] Augusto Roa Bastos (1917-2005): escritor paraguayo, el más famoso de su país, ganador del Premio Cervantes en 1989.

[ii] Justine: Nombre de la protagonista de “El Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell. Ha sido mi novela favorita los últimos 30 años, y durante muchos años sentí que el amor que profesaba por Justine era más fuerte que cualquiera que hubiera tenido en la vida real.