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El ritual del duelo

03/09/20

El ritual del duelo

Alís Gómez, Periodista, Coach Ontológico de Newfield Network, Mentora programa ACP Chile – El Arte del Coaching Profesional

…¿Dónde se cayó la vida? ¿Dónde quedó asustada?…
Eduardo Galeano (“Si se te pierde el alma en un descuido”)

En estos tiempos de aislamiento generalizado, de despedidas (en solitario), de miedos, incertidumbres e impotencia, estoy instaurando un nuevo ritual conmigo misma, no sin dolor. Me invito, constantemente, a mirarme frente a frente, a ser sincera conmigo misma y a husmear a tientas por mis sombras, por si en ellas estuviera perdido u olvidado algún tesoro que pueda invertir en la nueva vida, que comienza en este preciso instante.


Soy consciente de que me regodeo en mi sufrimiento y que ello me impide avanzar. También soy consciente, porque lo intuyo, de que necesito hacerlo así. Después de un gran paso tal vez sea el momento de parar, mirar qué quedó atrás y despedirlo como se merece. Y me permito entonces llorar las últimas pérdidas, desde las más trascendentes a las más superficiales. Hacer el duelo por lo que ya no es, ni está.

Decir adiós también es una declaración fundamental. Y darle a cada persona, relación, situación o cosa el valor que tuvo. Reconocerlo. Todo pasa por algo, tal vez también para algo. Revisar qué aprendí con ello, qué regalos trajo a mi vida, qué me quitó y qué me impide lograr. No cerrar los ojos y volverme ciega a su existencia, sino observar con coraje y honestidad esa parte de mi vida, que me hizo ser quien soy.

Decir adiós también es un ritual importante. Cerrar los círculos para que no se escape el aire, fuente de vida, de cada ciclo que me constituye y me construyó. Es un ritual importante y requiere su tiempo, su duelo. Y voy descubriendo no sólo cómo lo que he vivido explica lo que puedo o no puedo hoy, sino también cómo me han modelado las lágrimas que no vertí, los cierres que ignoré y las tristezas que no reconocí.

Son muchos los duelos que evité, y una y otra vez vuelven para reclamar su espacio y su tiempo. Siempre encuentran cómo hacerse presentes, cómo hacerme parar y esperar el alma que se fue quedando atrás, que perdí en un descuido, como diría Eduardo Galeano. Momentos dolorosos que dejé a un lado para poder seguir adelante, sin comprender que se vuelven lastre si los abandono en el cajón de los sinsentidos.

No he hecho, por ejemplo, el duelo de los hijos que perdí. Y me pregunto cuánto influye en mis juicios sobre mi ser madre y en la culpa que a veces acompaña el amor por mis hijas. No he hecho el duelo de la distancia. Y me pregunto cuánto me permito por ello la cercanía. No he hecho el duelo de todos mis desarraigos y me pregunto cuánto repercute en no hallar el territorio o la relación en que echar raíces.

No he hecho el duelo por lo que aún considero un fracaso en mi profesión, y me pregunto si será por ello que ya sólo sé escribir desde mis adentros, que no me atrevo a ser eco y testimonio de la voz de los demás, y no alcanzo a ver y traducir el valor que descansa en mis propias experiencias. Me entrego entonces a este ritual de transcribir lo que siento y darle voz a mis duelos pendientes.

No he hecho ningún duelo como dios manda. Palabra de atea.


AL VIENTO

Época de intensos vientos acompañan tu danza
Danza entre blancos y rosados aromas de un mundo sin pausa
Firmes y convencidas de que ese es su lugar sagrado
Atentas al imprevisto cambio de ritmo
Tan sólo … dejarse llevar
Dejarse llevar por el sol ardiente de verano,
Las nubes grises de otoño,
Los vientos helados de invierno,
Por el despertar de las cálidas ráfagas de primavera.
Su baile mira al cielo como si sus entrañas le confirmaran que de allí nace su fuerza.

Daniela Domijan (Alumna Acp Avanzado 2018)


Extracto de “EL POETA DE ESTE MUNDO”

“Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía
es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.”

a René Guy Cadou (1920-1951), de Jorge Teiller


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