La Transformación en Finales y Comienzos - Newfield Global
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La Transformación en Finales y Comienzos

21/04/21

La Transformación en Finales y Comienzos

Bernardita Wünkhaus

Comité Editorial Newfield Network 

¿En qué momento dejamos de ser jóvenes y nos hacemos adultos o viejos?

¿Cuándo se acabó esta relación?

¿En qué fecha dejaste el hogar de tus padres?

¿Cuánto duró tu último viaje?

¿Qué ocurrió en tu día, hoy?

En el mundo natural, las semillas brotan, crecen, florecen, dan frutos y semillan, en un ritual integrado, lleno de belleza y de ciclos que hacen posible la vida. Sin embargo, pareciera que los seres humanos hemos olvidado darnos un momento para decantar y cerrar los ciclos, darle sentido e importancia a los momentos de cambio, a ese instante en que algo termina y luego se abre la posibilidad de lo nuevo.

Cada día es un comienzo.

¿Cómo lo iniciamos y nos predisponemos?

Durante el día, la ducha, vestirnos, el desayuno, ir al trabajo, retornar en la tarde, detenernos en una conversación; almorzar, leer noticias, hacer deporte, escuchar una música, estar con nuestra pareja; abrazar a los hijos, tener una discusión; ir a una ceremonia; sentarnos a descansar. En fin, los días son eslabones de nuestra vida y en ellos, en cada momento, nos vamos jugando lo que somos y lo que dejamos de ser.

Cada día también es un final.

La vida es una sucesión de comienzos, finales, etapas y ciclos. Lo nuestro es nacer y morir.  

¿Qué reflexiones hacemos antes de cerrar nuestros ojos para dormir?

Nuestro estilo de vida en general es “en continuo”, donde los acontecimientos y circunstancias se suceden unos a otros, vertiginosamente. Tantas veces dejamos que momentos importantes pasen de largo, para continuar con el siguiente; o perdemos la consciencia de nuestras relaciones y dejamos de cuidarlas. Hasta que un día, quizás, nos despertamos y sentimos que ya estamos viejos; que el tiempo pasó tan rápido. Si tenemos suerte, llegamos a preguntarnos qué hemos hecho de valioso; qué cosas han tenido sentido y cómo queremos vivir el tiempo que nos queda.

¿Y si pudiéramos ser un poco más como las semillas? ¿Si pudiéramos distinguir más finamente los momentos de cada día y las etapas que vamos viviendo?   

Desde el coaching, como un saber que busca hacernos más conscientes de nosotros mismos y del mundo que generamos, podemos entrar en espacios intencionados de reflexión y evaluación.  Detenernos para amplificar ese instante cuando algo termina y todavía no existe lo nuevo. Sentir y conectar con el ciclo que termina; mirar en perspectiva y evaluar lo que ha pasado; lo que hemos ganado y lo que hemos perdido; lo que resultó y lo que no; agradecer lo que queremos atesorar y lo que queremos dejar atrás, incluso permitirnos olvidar.  

Para todo ello, tenemos la distinción infinita de la escucha. De lo más grande y de lo más tenue y sutil. Para poder profundizar y adentrarnos en los intersticios del tiempo. Poder escuchar el silencio de la pausa, como en la música, donde los silencios entre cada nota permiten los ritmos y la melodía. La pausa reflexiva facilita que emerja la música que le va dando sentido a nuestra existencia, y, como en las plantas o los árboles, decante en raíces, en aquello que atesoramos y nos sostiene. 

Cuando nos damos el espacio para decantar nuestras experiencias y cerrar etapas, desde nuestro eterno aprendiz, también vamos siendo capaces de reconocer la persona en que nos vamos convirtiendo y, desde ahí, mirar hacia delante, confiando en los nuevos comienzos que nos trae la vida. Livianos de carga y sin pendientes, podemos dirigir nuestra fuerza a lo que está queriendo nacer, para darle forma y propósito.  

¿Cómo lo hacemos?

Observo las manos delicadas de mi amiga, tomando una pequeña tetera de porcelana. Abre una cajita, la huele con los ojos cerrados. Repite lo mismo con otras tres. Luego escoge finas hebras de té y de otras hierbas, que va depositando en un pequeño colador, en una mezcla espontánea dirigida por su olfato. El agua caliente y el vapor entran en la tetera. Ella espera un momento, hasta que la porcelana se calienta. Descarta esa agua y luego integra el colador con las hierbas a la teterita de manera que éstas perciban el cambio de temperatura; entonces, les vierte agua caliente y deja reposar unos minutos. En el intertanto, prepara una pequeña bandeja, servilleta blanca y dos tazas. Nos sentamos. Mi amiga sirve el té. El calor llega hasta nuestras manos; el aroma de la mezcla nos traspasa; el gusto ácido del té y la dulzura de las hierbas se entrelazan; el vapor se va elevando hasta disiparse en la habitación. Hacemos una pausa. Conversamos. Silencio. Esta experiencia de compartir el té, que comenzó cuando pusimos a calentar el agua, termina un poco después de la última gota de nuestra conversación…

Necesitamos habitar los silencios y las pausas, para que nuestra vida no sea un continuo ensordecedor y enajenante de acontecimientos, a veces irreflexivos, estériles y sin propósito. Necesitamos la intermitencia, para descansar y retomar fuerza.

Podemos amigarnos con el silencio, como un rito trascendente, para conectar con nosotros mismos y con la plenitud del presente, desde donde todo germina.

Abril; otoño y primavera; algo comienza a morir y decantar; al mismo tiempo y en otras latitudes, algo quiere germinar. En este mes, nuestra escuela está finalizando varios programas. Antes de iniciar los que vienen…

¿Qué enseñanzas nos quedan?

¿Qué queremos celebrar?

¿Qué se lleva cada coach para sembrar en el mundo?