Los Límites Transgredidos, el Trabajo en Pandemia - Newfield Global
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Los Límites Transgredidos, el Trabajo en Pandemia

24/05/21

Los Límites Transgredidos, el Trabajo en Pandemia

Héctor Prieto

Comité Editorial Newfield Network

El mundo cambió. No sólo mi mundo, el mundo de todos cambió. Lo que hoy estoy haciendo es algo que antes no hacía, ni siquiera lo hubiese imaginado así. Creo que nos encerramos físicamente y -como nunca- abrimos nuestra intimidad.

Antes, ya me acuerdo, mi vida estaba diseñada con límites. Salía en la mañana de mi casa a trabajar. Cerraba la puerta a una intimidad que no compartiría con nadie, o al menos solo con algunos elegidos.

Límite de la Intimidad Laboral

Mi trabajo también tenía una intimidad que yo elegía, o no, compartir. Salía de mi trabajo y lo que había ahí pasado, quedaba resguardado en ese lugar. Yo podía dar versiones de lo ocurrido, selectivamente, con mi mirada involucrada. Podía cambiar los énfasis de lo ocurrido, readecuar los discursos, teñirlos de mis emociones. No había, ni quería objetividad en el relato. Sólo obedecía a mi mirada, a mi versión. Y desde allí, buscaba consuelos, felicitaciones o enojos compartidos. Diseñábamos estrategias, respuestas oportunas, lo que podría haber hecho o dicho, lo que haría a continuación.

Y podía cambiarlo al llegar al trabajo nuevamente. No había testigos del cumplimiento de lo diseñado. Solo yo y la versión que querría entregar.

También teníamos la posibilidad de poner límites horarios.

Para algunos era fácil hacerlo, era obvio, casi transparente. Si su jornada laboral terminaba a las 18:00, se retiraba a las 18:00 y ni siquiera se imaginaban otra posibilidad.

Para otros, por diferentes razones y explicaciones, los límites eran difusos. Si había algo que terminar, un trabajo de última hora y urgente, la obligación de demostrar compromiso de esta forma, el oculto dolor de no tener más sentido que el del sacrificio o la necesidad de valorarse estando siempre disponible. Razones y explicaciones que también muchas veces yacían en la transparencia, que podían parecer evidentes, que obedecían a una sola forma de entender el trabajo comprometido.

Pero, aun así, aunque esa posibilidad se viera boicoteada por nosotros mismos o por jefaturas de liviano respeto y altas exigencias, la posibilidad de poner límites horarios existía.

Apertura de la Intimidad Laboral

Y llegó la pandemia y se desbocó incontroladamente. Y entonces se nos apareció la tecnología que nos permitía conectarnos a distancia. Y nos abrimos a comunicarnos con el mundo exterior, desde nuestro mundo privado. Y se vieron invadidas nuestras residencias, nuestro dormitorio, nuestra cocina, comedores, salas de estar, todo aquello a lo que solo dábamos acceso a algunos.

Aparecieron nuestras miserias, las manchas de la pared, los muebles que elegimos o heredamos, la forma de decorar o no nuestros espacios, lo postergado infinitamente. Todo se hizo visible.

También los horarios cambiaron y se cruzaron con otros, los de nuestros hijos, de nuestras parejas, de nuestros compañeros de trabajo con sus hijos y parejas y los de nuestras jefaturas, con sus hijos y parejas. Tuvimos que aprender a negociar, ceder, pedir e imponer en esos nuevos espacios.

También se abrieron mil posibilidades y necesidades de nuevos aprendizajes, cursos, talleres, charlas gratuitas o pagadas, de cosas que no nos habríamos imaginado poder incorporar a nuestro saber. Esos límites, a la vez, se ampliaban. Nos restaban horas de intimidad y también invadían nuestros espacios, los nuevos y transitorios compañeros de aprendizajes. ¿Qué hacía ese dentista de Concepción en mi dormitorio? A veces en la hora de la siesta o en la noche.

Hemos de aprender nuevas formas de relacionarnos con el trabajo. Muchas empresas dejaron sus sedes, ya no existe un lugar de referencia donde ir, donde dirigirnos. Ahora solo existe un mundo virtual, un link, que muchas veces ni siquiera es el mismo.

Autocuidado y Cuidar de los Otros

Entonces, en esta nueva realidad. ¿Qué más podríamos o necesitamos aprender?

Creo que fundamentalmente a cuidar y cuidarnos.

A conectarnos con las necesidades propias -y de los otros- de ser acompañados, pedir ayuda, poner nuevos límites y cuidar de nuestros vínculos.

Bernardo Toro, filósofo colombiano, nos viene invitando a un nuevo paradigma del cuidado, que podemos escuchar para remirar lo que actualmente estamos viviendo.

Él nos propone desarrollar una “inteligencia solidaria”, donde aprendamos a preguntar, a acompañarnos y a generar círculos afectivos, sociales y laborales. Cuidando de nosotros, los otros y los extraños. Aprendiendo a ser y a hacer amigos, desarrollando instituciones y cuidando de los bienes públicos, tanto en su mantención como en su extensión.

Para lograr esto, nos propone una transformación del intelecto, desde una “inteligencia guerrera” y competitiva -donde el norte es ser el mejor, lo más bonito y exitoso- migrando hacia una mirada solidaria y de construcción de redes.

Toro plantea además que el cuidado tiene principalmente dos funciones, prevenir daños futuros y reparar daños pasados.

Así, desde la perspectiva del cuidado de los otros y del auto cuidado, también a las organizaciones como a nosotros, se les genera la posibilidad de transformar la forma de relacionarse laboralmente, especialmente en el diseño de estas nuevas formas de trabajar a las que nos ha llevado la pandemia.

Se abre la posibilidad de aprender a generar nuevas conversaciones entre y con los colaboradores, más allá de la sola coordinación de acciones. De desarrollar una confianza que permita soltar mecanismos de control, que probablemente estén generando resentimiento, temor, tensión y complacencia.

Y desde allí también se deriva, para las organizaciones, la oportunidad de reconocer límites y dar la facultad de establecerlos, respetando el derecho a desconexión -instalando horarios de inicio y fin- y readecuar objetivos.

Aparecen entonces, muchas nuevas posibilidades de transformación en las relaciones laborales que estableceremos más allá de la pandemia, que deberemos escuchar, mirar, incorporar, para lograr convivir en armonía, retomando la intimidad.