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Los rituales cotidianos como espacios sagrados

25/08/20

Los rituales cotidianos como espacios sagrados

Ana María Torres, coach ontológico senior de Newfield Network

– ¿Qué es un ritual? – pregunta el principito al zorro
– Es lo que hace que un día sea distinto a otros días, una hora distinta de otras horas.
– contestó el zorro.

Siempre han existido rituales a lo largo de nuestra historia hasta donde sabemos. Pareciera ser que los humanos necesitamos marcar ritmos, etapas, momentos que inspiran para seguir el viaje, como nos ilumina el zorro en su diálogo con el Principito. Gran parte de los rituales de nuestros ancestros estaban relacionados con la naturaleza, incluyéndonos como parte de ella. Ritos a la tierra, al agua, al aire, al fuego, para convocar la lluvia, las buenas cosechas, la buena salud. Hemos creado a través de la historia rituales del paso de la adolescencia a la adultez, ritos al morir, sacrificios humanos y ofrendas, rituales para llamar a la abundancia, así como rituales de protección, de curación, para la buena suerte, etc. Todos ellos necesarios y compartidos por el colectivo del momento.

Parte de nuestros rituales modernos los hemos convertido en celebraciones que esperamos con entusiasmo, como los aniversarios, los cumpleaños, la Navidad, el año nuevo, la misa de los domingos para los creyentes, los almuerzos en familia algún domingo, la hora de meditación para otros y muchos más. Nos preparamos para ellos y éstos comienzan desde el momento que lo traemos a nuestra realidad cotidiana. Por ejemplo, el ritual de un viaje comienza desde el momento que declaramos que lo vamos a hacer. Nos damos tiempo para planearlo, hacer reservaciones, ir llenando la valija con los mínimos elementos que podemos llevar y necesitar, dejar todo en orden para cuando no estemos, las listas, las instrucciones, los dineros, etc, etc…

Los rituales son un viaje, donde necesitamos un mapa y todos los elementos para orientarnos y llegar a destino.

Hoy el Covid 19, pandemia que ha tocado la puerta de todos los hogares del mundo nos ha devuelto algunos rituales que se nos estaban desvaneciendo. Nos ha traído mucho dolor, miedo y escasez, así como también mucha riqueza cotidiana y espiritual. Recuperamos el azul del cielo, la visión de las montañas, la cercanía de diferentes especies de pájaros que se pasean por nuestros jardines como reconociendo un territorio que daban por perdido, a las abejas que vuelven a hacer sus panales en los árboles aledaños, el silencio tan añorado, así como olvidado, que hasta los pumas han llegado a la ciudad, desorientados con tanta quietud, confundiendo sus bosques con los de cemento. Hemos vuelto a mirar la naturaleza y a recordar ritos de gratitud por volver a reconocerla y valorarla.

El encuentro esporádico familiar ahora se ha convertido en un acto cotidiano, donde nos encontramos en el almuerzo diario, en la hora del té, al cenar, etc. Es el ritual del encuentro alrededor de una mesa, para compartir los alimentos. Hemos disfrutado el acto de cocinar, de compartir recetas, el hacer un postre con las nietas por internet. Hemos redescubierto que la mesa, los que confluyen en ella, así como lo que comemos, son un regalo. Nos vemos, nos reconocemos y celebramos la vida en cada encuentro, a sabiendas que no la tenemos asegurada.

Nuestro ritual de cumpleaños, donde lo más relevante parecía ser el regalo, ojalá el mas original, o el más divertido, o el más útil, para ser recordado y valorado, junto a la expectativa de una rica comida, que si no cumplía con nuestras expectativas, la reemplazaríamos con comer algo al paso. Otra esperanza era ver a esas amigas/os aunque fuera un ratito, que ya no vemos, porque no tenemos tiempo para tanto. ¡Hoy nada de eso es posible! Y celebramos los cumpleaños como nunca antes. Sin regalo (físico), sin comida, sin trago, sin música.. ¿aburrido? ¡Nooooo! El encuentro está siendo con los primos/as, de fuera y locales, todos los hermanos (ninguno de viaje), todos los padres (aunque estén en cama), todos los nietos (considerándolo un panorama). Todos son parte y tienen lugar protagónico en esta película. Hemos vuelto a la tribu, a los nuestros, valorando su “siendo y estando”… y su “tener” no es relevante.

Como coaches ontológicos de Newfield Network, nos son familiares los ritos ejerciéndolos a través de los centramientos, los cierres de sesión, así como las iniciaciones (“a partir de ahora”…) y los cierres, términos (los “no mas”), los basta (“NO”), las aceptaciones (“SÍ”) los perdones y los te quiero. Todas las declaraciones fundamentales son momentos de ritual, de un antes y un después. Generamos rituales de sanación, de sanar nuestro linaje, nuestros dolores del alma y del cuerpo. Hay un ritmo, un orden, que respetamos como un espacio sagrado.

Como escuela estamos de aniversario cumpliendo 30 años. Como el zorro, nos preparamos todos los días esperando la visita del principito. Y lo estamos celebrando como cualquier millennial nativo digital. La pantalla del computador, del teléfono celular, de la tablet, es la máxima intimidad que podemos lograr con nuestros colegas en estos webinar masivos. Nos encontramos por zoom con otros coaches de distintos rincones del planeta y con nuestros maestros y maestras, así como con nuestros coachees descubriendo que este ritual de hacer coaching se hace más íntimo y enfocado. Los regalos no siempre vienen en papel de regalo.

Como escuela estamos de aniversario cumpliendo 30 años. Como el zorro, nos preparamos todos los días esperando la visita del principito. Y lo estamos celebrando como cualquier millennial nativo digital. La pantalla del computador, del teléfono celular, de la tablet, es la máxima intimidad que podemos lograr con nuestros colegas en estos webinar masivos. Nos encontramos por zoom con otros coaches de distintos rincones del planeta y con nuestros maestros y maestras, así como con nuestros coachees descubriendo que este ritual de hacer coaching se hace más íntimo y enfocado. Los regalos no siempre vienen en papel de regalo.

Sigamos haciendo que cada día sea un rito, un espacio sagrado y distinto a otro día.