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Voces Ancestrales

22/07/21

Voces Ancestrales

por María Teresa Varas

En los inicios de la década de 1980, tuve la oportunidad de trabajar, como profesora de Historia, en una comunidad educativa en el sector rural del sur de Chile, dedicada a formar técnicos agrícolas. El liceo recibía en régimen de internado, a alumnos que provenían de distintas comunas, entre ellas, la que hoy es la comuna de Ralco, poblada por numerosas comunidades mapuche pehuenche. Los alumnos provenientes de esa comuna tenían como lengua original el mapudungun y el castellano lo habían adquirido posteriormente, por lo que eran bilingües. Su manera de tomar decisiones sobre las alternativas académicas que les ofrecía el liceo era manifiestamente más lenta que la de los otros estudiantes, y eso me sorprendió, ya que no lograba comprender que ellos tenían que conversar y discutirlo con su comunidad antes de elegir. Al tiempo, observé que ninguno de ellos cambió su elección en el camino, al contrario de muchos de sus compañeros que al poco andar descubrieron que su opción tomada precipitadamente no había sido la correcta. Esta primera observación y luego de varias conversaciones entrañables con ellos sobre la historia del país, me llevó a estudiar en forma sistemática las costumbres y cosmovisión del pueblo nación Mapuche.

Cosmovisión mapuche y relación con su entorno

Desde ese momento, comencé a entrar en un nuevo mundo, y ahora en pleno desarrollo de la pandemia regresé a ese momento, para valorar el encuentro con la comunidad: en un mundo convulsionado y relaciones humanas tan trastocadas, y en proceso de transformación, creo que surge la necesidad urgente de conversar y dialogar sobre lo que nos ocurre. El diálogo entre los seres humanos y con la naturaleza construye comunidad y nos da un sentido solidario de la vida.

Nuestro escaso conocimiento de esta cultura con la que compartimos territorio, parte por creer que el término mapuche significa gente de la tierra, cuando en efecto, el concepto que encierra es mucho más amplio, puesto que mapu representa a la naturaleza en su conjunto, todo el entorno en el que se desarrolla el ser humano. Y de allí deriva la primera gran diferencia con nuestra concepción occidental: para el mapuche el ser humano es parte de la naturaleza y ésta lo afecta a él, como sus acciones influyen en ella, en una relación recíproca. De allí que en la cosmovisión mapuche el equilibrio con el entorno y el respeto a los ciclos naturales son esenciales para lograr un buen vivir.

En oposición el hombre occidental se sitúa fuera de la naturaleza y tiene la pretensión de poder dominarla, modificarla y explotarla de acuerdo con sus crecientes necesidades de consumo. De esta diferencia, se desprende también la concepción del conocimiento, que en el caso de la cultura mapuche tiene un carácter holístico, imposible de separar en partes independientes porque ellas influyen en el todo. No hacen tampoco separación entre un conocimiento racional y los aspectos espirituales que forman parte de su cotidianidad. Así, por ejemplo, la machi junto con dar remedios a sus pacientes invoca a los espíritus para asegurar el bienestar físico y psíquico del enfermo.

Y es muy importante no olvidar que la sociedad mapuche ha debido soportar situaciones extraordinariamente difíciles: la primera de ella con la invasión de los Incas, que podemos conocer por la narración oral transmitida por generaciones. Sin embargo, la transformación más importante se derivó a partir de la llegada de los españoles: junto con defender su independencia fueron capaces de adoptar nuevos conocimientos como el caballo, el desarrollo ganadero y el trabajo de la platería. Lo hicieron sin perder su esencia, respetando sus autoridades ancestrales como el Lonko (jefe de la comunidad), sus sabios (kimches), sus autoridades espirituales (machi), o relativas a la salud como las que atienden a las futuras madres (piñeñelchefes), o a quienes son especialistas en preparar los remedios a partir de los conocimientos de las hierbas (lawentuchefes). Pero también, debieron crear nuevos liderazgos para afrontar un largo período de enfrentamientos.

Hoy, cuando la sociedad se ve enfrentada, en su existencia, a múltiples desafíos, todos de carácter mundial como el proceso de globalización, el cambio climático, la falta de recursos hídricos o la aparición de nuevas enfermedades, el ser humano se siente frágil, en un ambiente de inseguridad, por lo que claramente necesitamos plantearnos procesos de transformación, tanto en nuestro quehacer personal como colectivo.

Búsqueda de un nuevo equilibrio

Siento que esta realidad nos interpela a hacer esfuerzos por buscar un nuevo equilibrio, que las transformaciones que necesita nuestra sociedad son muy complejas y que requieren nuevas miradas desde la perspectiva de quienes, por tiempos milenarios, han ocupado estos territorios. He aprendido de las comunidades mapuche que el conversar, compartir y dialogar para superar las dificultades y asumir transformaciones no siempre han sido fáciles.

Se debe reconocer que en Chile -durante las últimas décadas- ha habido avances en el reconocimiento parcial de algunos aspectos de la cultura mapuche: se han incorporado auxiliares de la educación para ayudar a conservar el idioma en escuelas con alumnos mapuche; en materia de salud se ha permitido la participación de la Machi y las parteras; en arquitectura se han establecido ciertos parámetros para la construcción de edificios públicos que respondan a las necesidades de esta cultura.

Sin embargo, dado nuestras actuales urgencias, para resolverlas el mundo científico occidental necesita tener una mirada transdisciplinaria para considerar todos los aspectos de estos problemas. Es necesario avanzar sin complejos ni sentido de superioridad, en un verdadero diálogo de saberes, con la idea que ambos mundos – cultura occidental y ancestral – se complementen y pueden contribuir a encontrar una nueva senda por donde transitar.