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¿Y transformarnos para qué…?

05/11/21

Por Héctor Prieto

Coach Ontológico Senior e Ingeniero Comercial

Varias veces, a lo largo de mis años de ejercer como coach ontológico, formado por Newfield Network, me ha tocado responder la pregunta de qué hace un coach ontológico y por qué hablamos de procesos de transformación.

¿Transformarse en qué?  Me preguntaron alguna vez también mis hijos, soñando con la posibilidad de que yo pudiera mutarlos en alguno de sus superhéroes favoritos del momento. La respuesta de que podría acompañarlos a abrirse a la posibilidad de ser seres un tanto más felices ya dejaba de seducirles y se distraían buscando algo más concreto y de resultados más inmediatos.

En qué consiste entonces este proceso transformacional y por qué hablar de un proceso personal, cuando muchas veces tenemos la claridad de que la solución evidente a mi problema es que el otro -generalmente al que se atribuye como el o la culpable de todos los conflictos- cambie.

O bien, de que alguien venga y me dé la solución tan esperada. ¿Qué harías tú en mi caso? Es una pregunta que muchas veces se repite. Y es muy probable que mi solución no sirva en absoluto.

Entonces, ¿para qué me sirve un coach ontológico, si no me va a resolver mi problema? Para acompañarte a encontrar qué es lo que no estás sabiendo hacer que te genera estos quiebres.

Y cuando lo descubras, cuando te puedas dar cuenta de qué necesitarías aprender para que estas situaciones que te inquietan, que no sabes cómo resolver, no se repitan en tu vida, entonces estarás iniciando un camino de aprendizaje que irá ampliando tu ser, tu observador.

La importancia del observador

La formación en coaching ontológico parte de la base de que cada uno de nosotros es un observador distinto, que se ha ido conformando con un conjunto de aprendizajes a lo largo de toda nuestra vida, nuestra historia. Desde los discursos familiares, el entorno cultural en que hemos estado inmersos, los sistemas educacionales a los que hemos asistido, nuestros logros, derrotas, dolores, pérdidas, alegrías, formas de celebrar, formas de relacionarnos, todos nuestros aprendizajes, se van constituyendo en nuestra visión del mundo y desde allí vamos interpretando todo lo que nos acontece. Y esa interpretación que hacemos nos lleva a actuar de una manera determinada acorde a lo que percibimos, sentimos y tenemos disponible.

Entonces podemos decir que existe una absoluta relación entre el observador que somos, nuestras acciones y los resultados obtenidos.

Por lo tanto, si los resultados obtenidos corresponden a nuestras acciones, es decir a lo que hacemos y decimos, o a lo que dejamos de decir o de hacer; y estas a su vez son determinadas por nuestra forma de ver el mundo, no podemos esperar cambiar resultados si no ampliamos nuestro observador, si no incorporamos nuevos aprendizajes que lo vayan acrecentando, porque corremos el riesgo de seguir repitiendo resultados infructuosos.  Entonces, es allí donde se requiere un proceso transformacional.

Proceso de Transformación Personal

También hemos aprendido en nuestra formación que el observador que somos se constituye por los aprendizajes instalados en tres territorios que nos definen y que llamamos nuestra coherencia. Estos territorios, o espacios, son el lenguaje, el cuerpo y las emociones.

Desde allí vemos posibilidades, desde allí actuamos, desde esos espacios nos atrevemos o nos inmovilizamos.

Entonces, esos son también los espacios en los cuales podremos ser acompañados e invitados a que los recorramos y examinemos, para conocerlos, sacarlos de la transparencia y poder sumarles nuevos aprendizajes.

Por ejemplo, podemos mirar desde qué emociones tomamos aquellas decisiones importantes que nos impactan, qué juicios arraigados (creencias, opiniones, certidumbres) guían nuestras acciones, cuánto nuestro cuerpo es capaz de sostener o no nuestros propósitos, qué tan disponibles estamos para aceptar los cambios.

Sumar nuevos aprendizajes, a la manera que estamos siendo, implica poder expandir nuestra mirada, poder distinguir lo que antes no veíamos, por no conocerlo. A la vez posibilita el poder expandir nuestra capacidad de accionar en todos los ámbitos, poder hacer lo que antes no sabía o no podía hacer. Por ejemplo, declinar un pedido, poner un límite, pedir ayuda, tomar riesgos, desarrollar nuestra oferta, sostener una decisión o un pedido, poder abrir conversaciones, concretar sueños… Estos aprendizajes, desde la concepción ontológica, se obtienen a través de un proceso de transformación personal. Es transformacional porque en este proceso se produce un cambio en el observador que cada uno está siendo. Y eso, como señalé, nos permite llegar a resultados diferentes, a veces extraordinarios.

El poder ser acompañados, en este camino, nos permite vernos desde lugares que por sí solos no lo habríamos logrado, nos permite ser protagonistas de ese poder transformador, cocreadores del cambio, poder generar nuevas capacidades de respuestas a lo que la vida nos enfrenta.

Y para poder transitar en ese camino, que nos es ofrecido, se nos invita a declarar que hay algo que no puedo, que no sé hacer, pero quiero lograr, quiero saber. Esta declaración es fundamental y nos abre el espacio a experimentar, a conocer, a escuchar. Es la puerta que abrimos al aprendizaje.

Entonces me aparece hacerles esta invitación a no quedarse en soledad, rumiando nuestros dolores, nuestras incapacidades, nuestra resignación. Podemos ser acompañados a aprender y podemos aprender a acompañar a otros seres humanos, poniéndonos a nuestro servicio y al servicio de los otros.

Merecemos permitirnos buscar esos caminos que nos llevan a una vida más plena.